18 Jesús se acercó entonces a ellos y dijo:- Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra.19 Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,20 enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.
Mt 28:18-20
Cuando pensamos en la Gran Comisión, muchas veces imaginamos campañas evangelísticas, viajes misioneros, predicaciones o programas de alcance. Todas estas iniciativas son valiosas, pero ninguna, por sí sola, expresa completamente el mandato de Jesús.
En Mateo 28:18-20, Cristo no ordenó simplemente conseguir decisiones, llenar templos o aumentar estadísticas. El centro de su mandato fue claro: hacer discípulos. Ir, bautizar y enseñar describen cómo cumplimos esa misión.
La Gran Comisión no es solamente una actividad que la Iglesia organiza; es el diseño que debe orientar toda su vida. La pregunta no es únicamente cuántas personas asisten, sino cuántas están siendo transformadas para seguir a Jesús y ayudar a otros a seguirlo.
El modelo comenzó con Jesús
Jesús no desarrolló su misión únicamente desde una plataforma. Llamó personas para que estuvieran con Él, aprendieran de Él y fueran enviadas por Él (Mc 3.13-15).
Sus discípulos observaron cómo oraba, servía, anunciaba el Reino, trataba a las personas y dependía del Padre. Jesús combinó relación, enseñanza, ejemplo, corrección, práctica y misión. No se limitó a transmitir información; formó una nueva manera de vivir.
Este principio sigue vigente: el discipulado no es solamente un curso; es una vida que forma otra vida.
¿Qué significa hacer discípulos?
Podemos observar cinco movimientos fundamentales:
- Ir con intención. La misión no comienza esperando que las personas lleguen al templo. Jesús envía a su Iglesia hacia ellas: al hogar, vecindario, trabajo, comunidades y naciones.
- Anunciar el evangelio. No existe discipulado cristiano sin una respuesta personal a Jesucristo. La evangelización es la puerta de entrada: buscamos que las personas conozcan al Salvador, crean en Él y se rindan a su señorío.
- Integrar en la comunidad. Nadie fue diseñado para seguir a Cristo en aislamiento. El discípulo necesita una familia espiritual donde pueda recibir cuidado, rendir cuentas, descubrir sus dones, servir y crecer.
- Enseñar a obedecer. Jesús no dijo solamente “enséñenles”, sino que enseñemos a obedecer todo lo que Él mandó. La formación bíblica alcanza su propósito cuando la verdad transforma nuestro carácter, decisiones y conducta.
- Enviar para multiplicar. El proceso no termina con nuestra propia madurez. Pablo pidió a Timoteo transmitir lo recibido a personas fieles que pudieran enseñar también a otros (2 Ti 2.2). Todo discípulo está llamado a convertirse en un hacedor de discípulos.
Una iglesia que hace discípulos
Una ruta sencilla para la iglesia local puede resumirse en cinco acciones: alcanzar, conectar, formar, enviar y multiplicar.
Esto significa revisar todo lo que hacemos a la luz de la misión. La predicación, los grupos pequeños, los ministerios, el servicio y el desarrollo de líderes deben contribuir a formar personas que sigan a Jesús y ayuden a otros a seguirlo.
Necesitamos pasar de contar asistentes a observar transformación; de depender de pocos líderes a equipar creyentes; de acumular conocimiento a practicar obediencia; y de conservar personas a enviarlas.
Esta misión no puede cumplirse solamente mediante estrategias humanas. Jesús prometió el poder del Espíritu Santo para ser sus testigos (Hch 1.8). Él transforma, capacita y produce el carácter de Cristo en nosotros.
Jesús posee toda autoridad, nos envía y promete estar con nosotros hasta el fin. Su diseño continúa siendo sencillo y poderoso: discípulos que hacen discípulos, líderes que desarrollan líderes e iglesias que multiplican iglesias.
La pregunta final no es solamente: ¿soy discípulo de Jesús?
Es también: ¿a quién estoy ayudando a seguir a Jesús?




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